Festival de los vientos y la política de la vereda equivocada

El sábado, la ciudad de La Punta fue escenario de una nueva edición del Festival de los Vientos. Un evento que, como casi todo lo que cruza la frontera entre gestión y política, terminó convertido en un campo de disputa. Opiniones desde todos los frentes: vecinos, funcionarios, dirigentes, opinadores profesionales y analistas de teclado fácil. Para algunos, un éxito. Para otros, un despropósito. Para muchos, una excusa.

Pero para entender el verdadero fondo del debate, hay que retroceder algunos días.

Porque mientras se ultimaban detalles del festival, varios barrios de La Punta atravesaban —una vez más— la falta de agua. Roturas de caños maestros, reparaciones que se extendieron más de lo previsto, baja presión crónica y vecinos sin servicio. Barrios que no son los únicos, pero sí los visibles. Porque el problema no es de cantidad, ni de nombres propios: es estructural. Es la falta de agua. Con festival o sin festival.

En ese contexto, la organización del evento avanzaba. Con costos, con beneficios, con logística, con expectativas. Y ahí apareció la grieta local: la discusión sobre si era oportuno, si era necesario, si había mucha o poca gente, si se justificaba el gasto. El ojo político —una vez más— mirando hacia otro lado. Perdón, hacia otra vereda. A veces el subconsciente escribe solo.

El dilema se planteó de forma simplista: festival sí o festival no, mientras hay vecinos sin agua. Una consigna fácil, rentable en redes, pero profundamente incompleta. Porque mientras desde distintas trincheras se usa el reclamo legítimo de los vecinos como bandera discursiva, lo que no aparecen son las propuestas concretas para resolver el problema de fondo. Nadie explica cómo evitar que esto vuelva a pasar. Nadie detalla planes, obras, plazos, financiamiento. Nadie baja del posteo al proyecto.

La realidad, como casi siempre, supera la especulación política.

El Festival de los Vientos no nació este año. Se realiza desde hace tiempo, fue declarado de interés provincial y funciona como un generador de ingresos para pequeños comerciantes, emprendedores, artistas y trabajadores que encuentran allí una oportunidad económica. Puede gustar o no, puede convocar más o menos gente, pero es parte de una identidad cultural y productiva que se sostiene en el tiempo.

Y aun así, la gente sigue sin agua.

Ese es el verdadero problema. No el escenario, no el sonido, no el número de asistentes. La falta de agua y la ausencia de representación política efectiva para resolverla. Porque un posteo en redes, una nota indignada o un reposteo estratégico no llenan tanques, no reparan caños ni mejoran la presión del servicio. Generan likes, no soluciones.

La discusión pública se empantana cuando la política confunde visibilidad con gestión. Cuando se cree que estar del lado del vecino es solamente denunciar, y no trabajar. Cuando se prioriza la posición en redes por sobre la construcción de consensos reales. Porque las soluciones estructurales no se hacen en soledad ni desde la comodidad de la vereda propia.

Nadie se salva solo. Y, aunque incomode, muchas veces hay que sentarse a dialogar y trabajar con quienes están en la vereda de enfrente. No para resignar convicciones, sino para resolver problemas. Porque el agua no entiende de colores políticos, ni de internas, ni de campañas.

Antes de las aceptaciones o las negaciones, la gente va a sacar sus propias conclusiones. Va a ver quién discute festivales y quién discute soluciones. Quién se pelea por banalidades y quién se ocupa de lo esencial.

El tiempo corre.
El agua sigue escaseando.
Y los vecinos siguen esperando algo más que opiniones.

Tal vez sea momento de cambiar la vereda. Y, esta vez, mirar donde realmente importa.

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