En Casa Rosada el clima fue de vigilia. No hubo anuncios, ni sonrisas para la foto. Solo una mesa larga, café frío y una certeza compartida: mañana el Senado pondrá a prueba la reforma laboral y nadie quiere llegar con fisuras visibles.
Desde las 10 de la mañana, la mesa política del Gobierno se reunió en las oficinas del Ministerio del Interior. Fue un encuentro cerrado, sin gestos para la prensa y con un objetivo concreto: ordenar posiciones antes de la sesión que puede marcar un punto de inflexión para el oficialismo.
La reforma laboral en el Senado avanza, pero no sin ruido. El proyecto ya no se discute solo en términos ideológicos. El foco está puesto en los bordes. En los artículos que incomodan. Y, sobre todo, en el capítulo tributario, donde la reducción del Impuesto a las Ganancias sigue generando resistencias entre aliados y gobernadores.
Según pudo reconstruir este medio, la reunión tuvo una dinámica casi quirúrgica. Artículo por artículo. Sin grandilocuencias. La charla duró poco más de una hora y media. Fue más técnica que política. Más lectura que discurso.
El primero en levantarse fue Luis Caputo. A las 11, el ministro de Economía dejó la sala por compromisos de agenda. Nadie lo interpretó como un portazo. Su parte ya estaba jugada. Lo que quedaba era el terreno más resbaloso: el político.
Con Caputo fuera, el debate siguió bajo la atenta supervisión de la secretaria general de la Presidencia. También estuvieron el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, de los primeros en llegar; la jefa del bloque de La Libertad Avanza en el Senado, Patricia Bullrich; el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, acompañado por Eduardo “Lule” Menem, uno de los nombres fuertes del armado territorial; y el ministro del Interior, Diego Santilli.
Se sumaron además el asesor presidencial Santiago Caputo y el secretario de Asuntos Estratégicos, Ignacio Devitt. Una mesa que no se arma por protocolo, sino por necesidad.
El dato no está solo en quiénes se sentaron, sino en lo que eligieron no hacer. No hubo declaraciones públicas. Ninguno salió a anticipar votos ni a explicar el alcance del proyecto. En Balcarce 50 saben que cualquier palabra de más puede tensar acuerdos todavía frágiles.
El objetivo del Gobierno es claro: anotarse un nuevo triunfo legislativo. Pero esta vez el margen es menor. Los aliados acompañan, aunque marcan límites. Los gobernadores piden correcciones. Y algunos senadores advierten que el apoyo no es un cheque en blanco.
La reforma laboral en el Senado se convirtió, así, en algo más que una discusión normativa. Es una prueba de conducción. De muñeca política. De capacidad para sostener consensos sin ceder el control del relato.
Este martes, a las 14, habrá otra escena clave. Patricia Bullrich encabezará la reunión de Labor Parlamentaria, donde se terminarán de definir los detalles de la sesión del miércoles. Ahí se verá, con más crudeza, qué puntos están cerrados y cuáles todavía crujen.
La reunión de este martes no resolvió todo. No era su función. Sirvió para ordenar la tropa, medir tensiones y asumir una verdad incómoda: la reforma llega al recinto con apoyo, pero sin euforia.
Mañana hablará el Senado. Hoy, en silencio, la política tomó nota.

