En los últimos meses, la expresión Therian y Furries empezó a circular con fuerza en redes sociales. Videos de jóvenes usando máscaras de animales, desplazándose en cuatro patas o hablando de conexión espiritual con lobos, gatos o zorros generaron desconcierto, burlas y también preocupación.
Pero detrás del recorte viral hay dos realidades distintas. No es lo mismo ser furry que identificarse como therian. Confundirlos simplifica un fenómeno que tiene décadas de historia digital y raíces culturales más profundas de lo que parece.
Entender la diferencia es el primer paso para analizarlo sin prejuicio ni sensacionalismo.
¿Qué son los Furries? Una subcultura creativa con historia
El fenómeno furry nació en Estados Unidos en los años 80 dentro de convenciones de ciencia ficción y cómics. Se trata de una subcultura centrada en personajes animales antropomórficos: animales con características humanas.
Quienes forman parte del fandom suelen crear una “fursona”, es decir, un personaje animal que funciona como alter ego creativo. Algunos participan en convenciones internacionales con trajes elaborados llamados fursuits; otros se expresan a través de ilustración, escritura o animación digital.
Punto clave: en términos generales, ser furry no implica creer que se es un animal. Es una afición cultural y artística organizada, con eventos documentados desde 1989 y comunidades activas en Estados Unidos, Europa y Asia.
Reducirlo a una moda reciente es desconocer más de cuatro décadas de desarrollo comunitario.
¿Qué es un Therian? Identidad más allá del hobby
Aquí aparece la diferencia central en el debate Therian y Furries.
El término “therian” proviene de therianthropy (del griego therion, bestia). Las primeras comunidades surgieron en foros online en los años 90. A diferencia del fandom furry, quienes se identifican como therians describen una conexión interna y persistente con una especie animal específica.
No se trata de un personaje creado. Tampoco —en la mayoría de los casos— de una creencia física de transformación corporal. Lo que describen es una experiencia subjetiva de identidad.
Algunos hablan de “shifts”, momentos en los que sienten mayor alineación con esa identidad animal. Otros lo interpretan como un aspecto espiritual o psicológico de su personalidad.
La diferencia estructural es clara:
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El furry participa de una subcultura creativa.
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El therian habla de identidad personal.
Confundir ambos conceptos genera parte del ruido social actual.
¿Fenómeno psicológico, moda o expresión cultural?
El crecimiento en redes sociales instaló la pregunta inevitable: ¿estamos frente a una moda adolescente o ante un fenómeno identitario más profundo?
Desde el punto de vista clínico, no existe una clasificación automática que catalogue estas experiencias como trastorno. En salud mental, el criterio fundamental es el malestar significativo o el deterioro funcional. Si una conducta no genera sufrimiento ni afecta la vida cotidiana, no encuadra necesariamente como patología.
Algunos especialistas interpretan estas expresiones como formas contemporáneas de exploración identitaria en contextos digitales. Otros advierten que la validación grupal online puede reforzar experiencias subjetivas que antes permanecían aisladas.
La respuesta no es lineal.
En el caso del fandom furry, investigaciones académicas lo describen como una comunidad creativa con fuerte sentido de pertenencia y apoyo social. En el caso therian, hay menos estudios formales y más debate abierto.
Entre la moda viral y la construcción identitaria existe una zona gris. Y en esa zona conviven experiencias muy distintas.
Therian y Furries: intentos de regulación en otros países
En la mayoría de los países no existen leyes específicas sobre estas comunidades. Sin embargo, el debate llegó a la política.
En 2025, en el estado de Texas (Estados Unidos), se presentó un proyecto informalmente conocido como “FURRIES Act”. La iniciativa buscaba restringir comportamientos considerados “no humanos” y el uso de disfraces en escuelas públicas. El proyecto no fue aprobado, pero expuso el nivel de controversia que el tema había alcanzado.
En paralelo, en algunos distritos escolares estadounidenses se difundieron recomendaciones para docentes orientadas a evitar la estigmatización de estudiantes vinculados a estas subculturas, promoviendo abordajes basados en respeto y contención.
Es decir: mientras algunos sectores intentaron regular desde la prohibición, otros optaron por la gestión educativa.
Dos respuestas frente al mismo fenómeno.
El debate social: entre la burla y la incomodidad
El tratamiento mediático muchas veces osciló entre el meme y la alarma moral. Pero toda práctica que desafía normas culturales genera resistencia. Pasó con tribus urbanas en los 80, con gamers en los 90 y con influencers en los 2000.
La discusión sobre Therian y Furries interpela algo más profundo: los límites de la identidad en una sociedad hiperconectada.
¿Se trata de una moda pasajera amplificada por TikTok?
En algunos casos, probablemente sí.
¿Existen experiencias identitarias más profundas? También.
El desafío no es ridiculizar ni patologizar sin evidencia. Tampoco idealizar. El desafío es comprender.
En un escenario donde la construcción del yo es cada vez más digital, performativa y comunitaria, las categorías tradicionales quedan cortas. Y cuando las categorías no alcanzan, el debate se vuelve inevitable.
La pregunta final no es si nos resulta extraño. La pregunta es cómo reaccionamos frente a lo diferente.
Ahí, más que el disfraz o la máscara, se pone en juego nuestra propia capacidad social de diálogo.

